El tiempo en la calle: Toño Molotzin

Relojero

Relojero

Por Máximo Cerdio

Jojutla, Morelos; 14 de septiemrbe de 2026. Sobre la calle Jojutla-Chinameca, antes de llegas a las esquinas de los mercados municipales, hay un hombre delgado, moreno.

En el espacio de pared de menos de un metro en donde se unen dos locales de ropa, el hombre recarga una tabla o cartón cubierto por un trapo donde cuelga relojes de diferentes estilos: de cuerda, automáticos, desechables o de pila. También lleva una mesita, dos bancos y una bolsa con sus herramientas, pilas y refacciones.

Se llama Antonio Molotzin Poblano o Toño, como le dicen sus amigos y clientes, tiene 55 años y lleva más de un cuarto de siglo en ese lugar, reparando relojes y vendiéndolos.

Sorprende que en un espacio tan pequeño Toño haga reparaciones de cirujano a veces de pie y de una manera muy rápida.

Nunca tuvo un local, no ha tenido necesidad de instalarse en algún edificio o casa, paga lo que el ayuntamiento cobra por prestar sus servicios en la calle.

Nació en Puebla, sus padres se dedicaban a la agricultura. Como la gran mayoría de poblanos, brincó a la Ciudad de México cuando era joven buscando una mejor vida y trabajar para apoyar a sus familiares.

Tuvo muchos empleos y ya de adulto encontró trabajo como aprendiz de relojero, un oficio que le atrajo mucho desde que era pequeño.

Comenzó barriendo el local, limpiando, y poco a poco fue entrando en el mundo de los mecanismos y las piezas minúsculas del tiempo.

En dos años aprendió a componer relojes: de cuerda, automáticos, y luego comenzó a trabajar por su cuenta.

Hace 25 o 30 años vino a vivir a Jojutla. Desde ese tiempo a la fecha ha trabajado en el centro de la cabecera municipal, en el mismo lugar.

“De aquí no me he movido. Aquí había un local donde vendían pollo rostizados. Unos centímetros de ahí. Pero todos saben que aquí estoy y aquí siempre me encuentran”, relató.

Según contó, solamente durante el coronavirus dejó de ir a trabajar, porque estaba prohibido. En ese entonces, regresó a Puebla y en su estado natal buscó trabajo para seguir manteniendo a su familia.

Toño tiene muchos clientes. Hombres y mujeres le llevan por igual sus relojes para mantenimiento o reparación, incluso han llegado muchachos o chicas con relojes de cuerda o automáticos que sus padres, abuelos o familiares les regalan y lo ven como una joya o una rareza, pero ahí les entra el gusto por los relojes.

Y así como tiene clientes nuevo, también ha perdido otros de edad avanzada:

“Sí, han venido familiares de mis clientes a decirme que tal persona falleció. Y desde luego que me da tristeza porque son personas que llegué a apreciar con los años. Mientras reparo los relojes me cuentan de sus problemas o alegrías, de su familia, y así los he ido conociendo en este espacio donde trabajo”.

En Jojutla aún ha reparado o dado mantenimiento relojes finos como los Rolex, Cartier, Omega, Tissot, Bulova, también de gama media como los Citizen o los Timex.

Casi todos los relojes tienen compostura, pero hay veces que ya es imposible que funcionen como antes, porque se trata de piezas únicas para cada marca.

“Hay que ir a la Ciudad de México a buscar las piezas y a veces ni ahí los puede uno localizar. Todas las cosas se acaban, así pasa con los relojes, aunque nos gusten mucho, aunque los estime uno porque nos lo regaló alguien especial o lo compramos con mucho esfuerzo. Aunque estemos acostumbrados a la forma y peso de nuestro reloj”, explicó.

Antonio platicó que como relojero ha mantenido a su familia, dio estudios a sus tres hijos y ahora dos de ellos son mayores de edad. Siempre ha tenido trabajo, a veces le va mejor vendiendo relojes, en otras ocasiones con las reparaciones. En su casa tiene un espacio que utiliza como taller, donde se lleva los relojes y allá también los compone.

Desde que comenzó en este oficio, no ha hecho otra cosa en su vida y ni quiere hacerla, sabe su trabajo, lo disfruta, está contento reparando objetos que la gente estima.

En la calle se ve de todo. Accidente, persecuciones, desfiles, caravanas, marchas. La calle tiene mucha vida y todo ese ruido le sirve a Toño para concentrarse. Él ya probó que es trabajar en un local, cuando fue aprendiz por dos años, y definitivamente prefiere estar afuera, con toda esa gente, con todo ese ruido, con todas esas imágenes de un sitio muy transitado, en un espacio donde pocas veces está en silencio.

No le tocó estar allí en 19 de septiembre de 2017, cuando los edificios y la calle se cimbraron como si un enorme animal subterráneo hubiera enloquecido y a su pasó derribó construcciones y mató a varias personas:

“No me tocó el sismo. Estaba yo en Puebla ese día. Pero, pase lo que pase, las personas se reponen. Las actividades, el comercio, vuelven al movimiento, la ciudad se levanta”, explicó.

Toño está en el mismo sitio de lunes a domingo desde las 8 de la mañana hasta las 3 de la tarde, y es puntual, como un reloj humano.