Muñecas para aliviar el alma: Existimos porque Resistimos

Taller de muñecas

Taller de muñecas

Por Máximo Cerdio

Cuernavaca; 13 de agosto de 2026. En una de las mesas de la Casona Spencer a los trozos de tela, estambre, agujas e hilos de colores se sumaban los suspiros y silencios, recuerdos y heridas que, por más de dos horas, encontraron un lugar donde convertirse en algo distinto, quizá parte de un remedio.

El primer día de agosto, pasadas las doce del día se abrió el Taller de elaboración de muñecas y muñecos Quitapenas. El objetivo: elaborar una muñeca o un muñeco de tela para, al terminar, donaron a una víctima de feminicidio o desaparición. El taller fue impartido por María Esther y un grupo de bordadoras.

Una muñeca es un juguete, un objeto que acompaña la infancia o ayuda a expresar emociones, pero las que nacieron del pensamiento y del corazón ese día tenían otro propósito: volverse un abrazo para alguien que carga una ausencia en el alma.

Berenice González, integrante de la organización Existimos porque Resistimos, explicó que las muñecas Quitapenas tienen su origen en la tradición maya-quiché de Guatemala.

Se dice que el dios del Sol otorgó a la princesa, diosa o abuela maya Ixmucané, (“Ancestro femenino), el don de escuchar y aliviar cualquier pena humana. Por eso las pequeñas muñecas representan a Ixmucané como guardianas de la tranquilidad.

El ritual es tan simple como íntimo. Antes de dormir, la persona susurra al oído sus miedos, preocupaciones o tristezas y las coloca debajo de la almohada. Durante la noche, la muñeca se lleva esa carga. Al despertar, la pena habrá desaparecido o, al menos, el camino para enfrentarla será más claro. Hay una sola condición: el secreto no debe contarse a nadie más.

Las Quitapenas originales miden entre 1.5 y 10 centímetros, y se fabrican con pequeños trozos de madera, alambre o cartón, envueltos en retazos de tela tradicional guatemalteca e hilos de colores.

Sin embargo, Existimos porque Resistimos extendió los beneficios de esa tradición.

Berenice González contó que la idea surgió de Isa Marins, hija de Pía Sandoval, bordadora de la colectiva, quien planteó transformar aquellas pequeñas figuras en muñecas y muñecos más grandes.

«La propuesta surge de Isa Marins, hija de Pía Sandoval, bordadora de la colectiva, que propuso transformar las quitapenas tradicionales en muñecas y muñecos de aproximadamente 30 centímetros, para convertirlos en objetos de apego emocional que puedan ser sostenidos, abrazados y utilizados en los espacios de acompañamiento afectivo que se realizan con víctimas directas, indirectas y mujeres bordadoras, pero también en la vida cotidiana de cada víctima».

Con esa adaptación, explicó, las Quitapenas dejaron de ser únicamente guardianas de las preocupaciones nocturnas. Ahora acompañan procesos de duelo, búsqueda y memoria. Son objetos que pueden abrazarse cuando las palabras no pueden llenar ese vacío.

La organización también confecciona mantas bordadas con los rostros de personas desaparecidas y asesinadas.

Las mantas y las muñecas terminan formando parte de una misma memoria. Son objetos que ayudan a compartir el dolor, a nombrarlo y, sobre todo, a impedir que quede encerrado en el silencio.

En ese espacio, cada puntada tiene un significado. Bordar un nombre, una fecha o un rostro es una forma de afirmar que la vida de quien falta sigue importando; que su historia merece ser contada y que las mujeres que buscan a sus seres queridos no están solas. La reparación simbólica toma forma en acciones concretas: crear piezas colectivas, realizar ceremonias íntimas y acompañar a otras mujeres mientras reconstruyen su propia historia.

El archivo emocional de la agrupación reúne ya más de 500 piezas, explicó la entrevistada.

Existimos porque Resistimos es una organización integrada por víctimas directas, víctimas indirectas y mujeres bordadoras que, desde Morelos, han tejido una red de acompañamiento, memoria y resistencia frente a las distintas violencias que atraviesan sus vidas y comunidades.

La organización nació en 2020, impulsada por la necesidad de nombrar aquello que duele, de hacer visible lo que con frecuencia las autoridades callan, y de sostenerse unas a otras durante los largos procesos de búsqueda, duelo, exigencia de justicia y reconstrucción cotidiana.

Además del bordado, el colectivo brinda acompañamiento emocional y afectivo basado en la experiencia compartida.

«Es una manera de cuidado comunitario que reconoce la fuerza de escuchar, la importancia de la palabra entre mujeres, y la potencia de los rituales cotidianos: sentarse juntas, llorar juntas, bordar juntas, recordar juntas. La reparación no es solo jurídica, sino también emocional, simbólica, corporal y comunitaria», concluyó Berenice González.

Al finalizar el taller, sobre las mesas quedaron muñecas de distintos colores, cada una distinta de la otra. Ninguna puede devolver al ser amado, ni borrar el dolor. Pero todas nacieron con la esperanza de acompañar a alguien en uno de los momentos más difíciles de su vida.

Un pequeño muñeco de tela no cambia la historia, pero sí puede hacer un poco más llevadero el camino para seguir contándola.