El Chato se fue al cielo

Chato un copia
Por Máximo Cerdio
Jojutla. La última gota de sangre que el corazón expulsó al cuerpo del Chato fue a las 13:45 horas, del domingo 12 de julio de 2026.
“Ahora ya no está con nosotros”, dijo la doctora Samantha Córdova.
El Chato viajaba en esos momentos rumbo al cielo.
Estaba debajo de un arbolito en el patio de la veterinaria, en donde había permanecido en observación y después que la médico veterinaria zootecnista hubiera puesto en el suero el último líquido para provocarle un paro cardiaco, como parte del procedimiento de eutanasia humanitaria. Estábamos ahí tres vecinos más.
Ese mismo día, como a las 10 de la mañana, ella nos había manifestado por medio de un mensaje que no había mejora: “será bueno se le busque quizá otra opinión y ya con dos opiniones ponerlo a descansar o seguir ayudándolo. Siento que está sufriendo, es difícil decidir en su postura. Valoren una segunda opción y ya a conciencia se pone a descansar”, mencionó.
En estas circunstancias y sabiendo que el Chato también tenía problemas en el corazón y no aguantaría una cirugía para retirarle las piedras en el riñón, que lo habían postrado a media calle, la mayoría de las personas interesadas en su salud decidimos que no siguiera sufriendo y le pedimos a la doctora que procediera.
A eso de las 13:00 horas fuimos tres interesados a la veterinaria a ver al Chato. Cada uno lo despidió como quiso, yo le acariciaba la cabeza como muchas veces lo hice cuando estaba sano y cuidaba la casa que construían frente a mi domicilio.
También le hablaba y le decía que el dolor iba a terminar pronto y que se reuniría en el cielo, con otros animales queridos: Maurilia, El Manchas, El Toby, la Kika.
El Chato me quedaba viendo con sus ojos tristes, emitía sonidos, no sé si de dolor o de despedida. Me recordó la entrada al gran misterio de mi padre, que murió hace unos meses, frente a mí, a Rosamaría con mi mano sobre su muñeca, en su último estertor, al abuelo Germán.
Muchos animales mueren en la calle y estos sucede también con muchos adultos mayores abandonados por sus familiares, dijo uno de los vecinos.
Después de su último latido, lo cubrimos con una bolsa y amarramos su cuerpo: era pesado, lo metimos al vocho y lo llevamos a enterrar en un lugar donde nos permitieron poner su cuerpo para que fertilizara la tierra.
Iba yo solo, conduciendo, con el cadáver del Chato en la parte trasera, y me acordé del Pavarotti, el indigente lector enterrado en Temixco. También me acordé del caballito que un toro mató en un corral de Panchimalco: el cadáver lo fueron a tirar en un terreno de cultivo en Tlatenchi.
Según la doctora Samantha, el Chato o el Güero o Canelo o Sultán tenía más de 15 años, se veían en su aspecto y en su dentadura desgastada ya de tanto mascar el tiempo; era una mezcla de varias razas, predominaban el pitbull y el bóxer.
El miércoles 8 de julio, por la tarde noche, una vecina de la Unidad Miguel Hidalgo, en Jojutla, dio aviso por el chat de la colonia que sobre la calle Miguel Hidalgo, a la altura del número 12, estaba tirado un perro sobre el arroyo vehicular, los cuartos traseros estaban en el suelo, detrás de un auto; parecía atropellado. La mujer pedía ayuda, quería ver de qué manera se podía auxiliar al perro, buscaba que llamaran a personal del ayuntamiento o a algún veterinario.
Cuando llegué, a eso de las 7:30, había tres vecinos y una niña al lado del perro, hacían señales con el celular para que los autos no lo atropellaran. Vi al animal y supe que era el Chato: estaba ahí, tirado, pujaba de dolor y estiraba las patas delanteras como si estuviera a punto de morir, los cuartos traseros no tenían movimiento.
Llamé a la doctora Samantha y me respondió, le expliqué cuál era la situación y me dijo que en media hora estaría ahí,
Mientras, buscamos alguna lesión o sangre: no había, solo alguna pelusa del propio animal dejada cuando se arrastró queriéndose levantar.
Como a los 15 minutos llegó una persona con un lazo, buscando al perro. Le habían dicho que estaba atropellado y lo retiraría para enterrarlo en algún lugar. Le expliqué que la doctora no tardaba en llegar y se fue.
La veterinaria llegó y después de revisar le puso una inyección. Dijo que seguramente tenía un a lesión en los cuartos traseros, pero que no era reciente, porque no se veía que lo hubieran atropellado ahí, o lo habían golpeado en otro lugar y había llegado a ese sitio y las fuerzas no le habían alcanzado para más.
También mencionó que podría ser que el perro tuviera piedras en el riñón y eso no le permitía orinar y lo tenía postrado. Además, quizá estaba intoxicado.
Una vez que el analgésico hizo efecto, lo pusimos en unos cartones y lo subimos a su coche, para llevarlo a su veterinaria. Ahí lo bajamos y lo acomodamos en un tapete. La doctora nos dijo que nos informaría, una vez que otro colega lo viera para saber si tenía alguna fractura; también ella revisaría lo del problema con los riñones.
El jueves la doctora nos reportó que iban a pasar por el perro en la tarde para llevarlo a que le hicieran radiografías, posteriormente avisó que requería cirugía para extraerle piedras y arena de los riñones, que eso lo estaba lastimando mucho al grado de no querer alimentos. Se le puso suero y una sonda para que pudiera orinar.
El viernes, la doctora me escribió lo siguiente: “Ayer paso el colega ya noche pero dijo que no le tomara los estudios de rx, que lo veía mal, así que pusimos un medicamento que le ayude. Pensábamos dormirlo. Y en la mañana lo ví aún mal, pero hace rato se intentó levantar. Pero vamos a esperar le está echando ganas incluso intento levantarse”.
El sábado estuvo en observación y la doctora respetó el estado de salud del perro hasta el domingo, con la noticia de que no había mejoría y se buscara una segunda opinión o se sacrificara porque estaba sufriendo y no comía.
El Chato llegó a la Miguel Hidalgo por el mes de julio de 2023. Frente a la vivienda número 30 se estaba construyendo una casa y el velador lo llevó junto con otro perro, del mismo color, pero trompudo. Dormían en la calle, no les daban de comer.
El animal tenía desviada la columna. Había un hundimiento en su lomo, a unos 40 centímetros del cuello, por eso cojeaba cuando caminaba y a veces levantaba una de las patas traseras. Tal vez lo atropellaron o lo golpearon muy fuerte.
En el reportaje publicado en La Unión de Morelos, https://www.launion.com.mx/morelos/sociedad/noticias/230197-la-historia-de-chato.htmlf, se menciona parte de su historia.
Los dueños de la casa despidieron al velador, y éste cargó con el trompudo; Chato se quedó en la casa, cuidándola hasta que la construcción concluyó y él, como los albañiles, se fue.
Metros más adelante de donde fue su lugar de “trabajo” encontró a un benefactor: el doctor Córdova, una persona de la tercera edad que le daba agua y comida y le permitía quedarse en su banqueta.
Cuando yo no lo veía echado, lo buscaba y lo encontraba en algún lugar de alguna jardinera, en la sombra. Le hablaba y levantaba la cabeza.
Me dio gusto verlo ahí, cerca de alguien que lo cuidaba.
Me preocupaba que se quedara dormido en la calle, porque podía pasar alguna bestia en automóvil o motocicleta a gran velocidad y que al animal no le diera tiempo de pararse y hacerse a un lado.
Y eso fue justamente lo que pensé, cuando el miércoles 8 de julio de este año, me dijeron que frente la casa del doctor Córdova había un perro canelo, al parecer atropellado.
