Como conocí a Vicente Quirarte

Vicente Quirarte, foto redes socailes

Vicente Quirarte, foto redes socailes

Máximo Cerdio

A Vicente Quirarte, quien falleció este 11 de agosto, lo había visto en presentaciones de libros en la Ciudad de México, pero no había estado más cerca de él porque estaba yo interesado en otros escritores.

Era quizá el año 2003, yo trabajaba como editor de una revista bilingüe “Aduanas Eje del Comercio Exterior”, la sede estaba en Coyoacán.

Por el mes de abril, me llamaron a la oficina y me dejaron un teléfono para que me comunicara. Lo hice en cuanto llegué a mi oficina.

La Lada era del Estado de México y me contestó por el otro lado la voz joven de una mujer, a quien le dije que me había dejado ese teléfono. Me preguntó si era yo el doctor Máximo Cerdio y le dije que así me llamaba. Me extendió la invitación para el encuentro de poetas en honor a Sor Juana Inés de la Cruz a realizarse en Nepantla, Estado de México, los días tal y tal.

Un día antes acababa de cerrar edición de la publicación mensual y tenía tiempo para viajar porque esos días caían en viernes, sábado y domingo.

La mujer me fue enumerando algunos datos de mi semblanza y me preguntó si faltaba algo, le dije que así estaba bien.

Me dio la hora y el lugar de llegada en la terminal de autobuses de Toluca y que ahí nos recogerían.

El viernes salí temprano y llegué a la hora indicada a la terminal de autobuses y vi a una mujer como de 25 años, delgada, con falda larga y pelo negro buscando entre la multitud a los poetas. Con ella estaban dos adultos mayores y una mujer madura. Yo iba de civil, es decir, pantalón de mezclilla, camisa a cuadros, zapatos mineros café. Me acerqué a ella y le pregunté que si era del festival, me respondió que sí.

-Usted es el doctor Vicente Quirarte -No, soy Máximo Cerdio.

-Bienvenido, doctor. Vamos a esperar al doctor Quirarte, mientras, platique con la doctora fulana y los doctores zutano y mengano.

Quirarte se acercó hacia donde estábamos porque conocía a los tres poetas y los saludó, luego a la chica y luego me dio la mano.

-Ya se conocen, vamos a la camioneta, dijo la mujer.

Viajamos como dos horas y media en una cómoda van. Vicente se iba en pláticas con sus amigos y yo con la muchacha.

Llegamos a un hotel y nos llevaron a nuestras habitaciones individuales.

La mía tenía dos camas matrimoniales, pero la coordinadora me dijo que iba a estar solo.

Dejé mi mochila en un asiento y me tiré en la cama a descansar un poco.

Ni bien había cerrado los ojos, alguien tocó la puerta. Me incorporé y fui a abrir.

Era un hombrecito de lentes, de un poco más de metro y medio, con un traje de cuadros, un pantalón azul, zapatos negros corbata color vino y un velís pequeño color café.

-Estoy buscando una cama para mí, me pusieron en una habitación con cuatro personas y me dieron un catre para dormir y yo no puedo estar con esa gente ni en esa cama -me dijo y se metió. Dejó su beliz en la cama y se comenzó a quitar la corbata.

Yo sabía quien era.

-Esta habitación es mía, es probable que venga alguien más, si es así te vas a tener que ir -le dije. Él hizo como que no escuchaba y comenzó a sacar su ropa y la acomodó en el clóset.

-Soy el extraordinario poeta Óscaw Wog, chiapaneco universal, autor del Secreto del verso y una docena de libros de poesía y ensayos. Tú ¿cómo te llamas?

-Máximo Cerdio.

-Eres de la costa? Ya, fuiste alumno de Óscar Olviva y ganaste un premio. He leído tus textos, buenos, la verdad, pero no se comparan con los míos…

Me terminó de caer muy mal.

Salí de la habitación porque a esa hora iba a haber un almuerzo para que nos conociéramos todos.

Por el pasillo, encontré a muchos poetas de mi generación, mujeres, hombres, gays, lesbianas, me preguntaron dónde estaba y les dije que en tal cuarto con Oscar Wong de compañero.

Me aconsejaron que me saliera de allí, porque o me envolvería con su plática o yo le iba a tapar la boca a golpes.

Comimos y bebimos, nos presentaron y nos dieron el rol de participación para la tarde: para nosotros los doctores había una van, para los demás una especie de autobús.

Saliendo del comedor fui por mi maleta y me cambié de habitación con los poetas malditos: borrachos y mariguanos, pero muy buenos escribiendo.

Nos tocó abrir el festival por la tarde. Al centro estaba la chica, de su lado derecho Quirarte y la mujer, y del otro lado los dos hombres mayores y yo.

En mi semblanza la presentadora volvió decir que era yo doctor. Pensé en aclararle eso, pero se me olvidó.

Dimos lectura a nuestros poemas y los asistentes aplaudieron, después siguieron más mesas, hasta que como a las 8 de la noche nos regresaron al hotel.

Todos huían de Óscar Wong.

En la habitación donde yo estaba había alcohol, mariguana y lectura de poemas, alguien llevaba una guitarra y me puse a tocar y cantar canciones de Julio Jaramillo.

A eso de las 10 de la noche llegaron a preguntar por el doctor Máximo Cerdio y la banda se quedó sorprendida. Salí y me dijeron que me habían hecho una invitación especial y me esperaban en la van.

Cuando subí estaba Quirarte, los tres escritores mayores y dos funcionarios de Nepantla. Salimos en la oscuridad u como a 10 minutos llegamos a un estacionamiento gigantesco, nos abrieron el portón y pasamos al estacionamiento.

Quedamos frente a una casa que parecía un castillo. Abrieron un enorme portón de madera y apareció una mujer alta y delgada, pelo blanco, vestido blanco largo y nos recibió con mucha efusividad.

Nos hizo pasar y nos dijo que en unos momentos su esposo bajaría.

Entramos a la casa. Al centro había una mesa larga de madera dispuesta para una cena, candelabros de araña muy grandes, y cuadros al óleo, muchos cuadros, gigantescos cuadros con caballos, paisajes, retratos, en casi todos aparecía la mujer que nos había recibido, en muchos estaba completamente desnuda.

Segundo después bajó por unas escaleras el pintor de apellido Masón, de pelo largo y barba de candado, vestido como un mosquetero. Nos abrazó como un gran a amigo y nos pidió que no sentáramos.

A Quirarte se le ocurrió preguntar por los óleos y comenzó un recorrido y explicación que duró más de 45 minutos.

Yo me repegué a la mujer de los cuadros, que me había puesto la mano en el hombro y observábamos desde la segunda fila mientras los eruditos debatían y daban cátedra.

Después fuimos a cenar. Yo quedé frente a la mujer, que sonreía y sonreía. La vi por más de una hora, hasta que llegaron por nosotros porque la jornada de poesía iba a continuar por la mañana y por la tarde.

Nos despedimos con abrazos apretados y besos.

Al día siguiente, por la tarde, el pintor y su bellísima esposa estaban en primera fila, nos oyeron y nos aplaudieron. También nos compraron todos los libros.

La mujer se me acercó y me pidió le dedicara uno de mis libros: Susana San Juan, editado por la Universidad Autónoma del Estado de México–Editorial La Tinta del Alcatraz, México, 2001, me abrazó y me dijo que seguiría llorando con él.

En la noche fue la clausura.

Fuera de la solemnidad, no volví a ver a Vicente Quirarte en mucho tiempo, me quedé con los poetas y al día siguiente, muy temprano, regresé a mi casa en la Ciudad de México.