Las cabinas telefónicas

Hombre hablando por telèfono copia

Hombre hablando por telèfono copia

Por Máximo Cerdio

Jojutla, Morelos; 6 de julio de 2026. En la unidad Morelos y en el centro de Jojutla todavía se pueden ver cabinas telefónicas de Telmex.

La empresa de Carlos Slim no las puede retirar porque hay un convenio vigente que dispone que deben permanecer allí a pesar de que están casi destruidas y no tienen línea telefónica o auricular.

En 2015 había en México 25 mil 048 cabinas y en 2020 fueron 19 mil 682, la mayoría de Telmex, según el extinto Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT).

Aun en comunidades muy remotas, había al menos una de estas.

Antes y poco después que en 1989 los primeros teléfonos celulares llegaron a México de forma masiva, los teléfonos públicos aún daban buen servicio, sobre todo de larga distancia; pero conforme los celulares se hicieron más accesibles, las cabinas fueron quedando en el olvido.

A mediados de los años 80 yo vivía en la calle Tajín número 300, una pensión para estudiantes en la colonia Narvarte de la Ciudad de México, una zona con muchos universitarios de diferentes entidades del país.

En la esquina de la calle Tajín con Luz Avilón, había una cabina que, durante la semana se ocupaba muy poco, pero los sábados y domingos, por la tarde, era muy solicitada: hacíamos cola de hasta 20 personas para llamar a nuestra familia de sur a norte del país; muchos “paisanos” nos conocíamos incluso cuando íbamos a visitar los fines de año a nuestra familia.

Para hacer llamadas por larga distancia teníamos que meter monedas y llevar suficientes para evitar que se cortara nuestra comunicación.

No había redes sociales, y los canales de televisión en los estados tenían una cobertura local, de tal modo que nos enterábamos de las novedades de nuestros pueblos por medio de nuestros familiares: alegrías, desgracias, llantos y risas, todo lo experimentábamos en esa esquina, frente a un auricular, mientras otros esperaban su turno para comunicarse.

A principios de los años noventa las cabinas todavía funcionaban, preferentemente para las llamadas de larga distancia, con monedas o con tarjetas de cloruro de polivinilo (PVC), que se adquirían en las tiendas o en los puestos de revistas.

En la calzada de Tlalpan, por la zona de hospitales, había muchas cabinas. Tuve la experiencia de tener a un familiar enfermo de cáncer y asistíamos constantemente al Instituto Nacional de Cancerología, que se encontraba en esa área, en la calle San Fernando.

Había pacientes de toda la república mexicana porque en ese tiempo era un hospital de primera: los mejores especialistas de México y el trato era excepcional.

Mucha gente se quedaba a dormir adentro de la sala de espera o en las banquetas de la calle.

Con bastante frecuencia los familiares de los pacientes me pedían que les prestara mi tarjeta para llamar por el teléfono público a sus familiares de provincia.

Cuando mi familiar estuvo internada, yo iba a hacer guardias. Me bajaba varias cuadras antes del hospital y caminaba distancias medianas revisando dentro de las cabinas si había tarjetas telefónicas con crédito. Encontraba una buena cantidad con saldos de 10, 20, hasta 50 pesos. Las tomaba y las ordenaba, y cuando me pedían prestada la mía, les daba una o dos de las que recogía, y les decía la cantidad que tenían.

Durante varias semanas estuve yendo todos los días, y la gente me buscaba para pedirme esas tarjetas.

También me di cuenta de que había personas que no tenían para comer y mi familiar me pidió que hiciera sándwiches con mayonesa, jamón, jitomate, cebolla y lechuga, para regalarlos entre los familiares de los pacientes. Hacía dos o tres paquetes grandes de sándwiches y los acababa apenas llegaba al hospital.

Después que a mi familiar lo trasladaron a otro hospital, un día regresé a Cancerología para hacer un trámite y pasé por las cabinas: seguían dejando tarjetas con crédito. Yo también dejé la mía.

Las nuevas generaciones no saben para qué sirven estos aparatos desvencijados en las esquinas. A principios de este año, fueron noticia porque la Comisión Federal de Electricidad propuso un proyecto llamado “Telecomunicaciones e Internet para Todos”, que busca reutilizar parte de esta infraestructura como herramienta de inclusión digital.

Estas cabinas están diseñadas para ser de acceso público y gratuito. Al utilizar una, no es necesario ingresar monedas, tarjetas telefónicas ni realizar ningún registro previo.

La iniciativa pretende aprovechar ubicaciones ya instaladas en espacios públicos para ampliar el acceso a internet en regiones donde persisten brechas de conectividad.

En Estados Unidos quedan alrededor de 100 mil teléfonos públicos, concentrados principalmente en áreas rurales, centros penitenciarios o zonas de emergencia, mientras que en Reino Unido las icónicas cabinas rojas se salvaron de la extinción.

Muchas se mantienen funcionales para llamadas de emergencia, registrando más de 150 mil llamadas al año, y otras fueron readaptadas para albergar desfibriladores, bibliotecas o cafeterías.