Mirar con palabras

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Por Máximo Cerdio
Escribir en estos tiempos de redes sociales donde importa más una imagen de contenido morboso que un pensamiento o un sentimiento es un acto transgresor.
Más todavía: intentar conmover a un público que está perdiendo la capacidad seguir o descifrar y entender un planteamiento escrito es un trabajo de suicidas.
América Ayuso Arce ha escrito un libro que debe leerse.
En tres capítulos y 53 páginas la autora nos invita a un viaje por los momentos, espacios más significativos de su existencia.
Recuerdos de dolor profundo y éxtasis, instantes imborrables que trascienden el tiempo y la distancia son transfigurados y expuestos en palabras, o para ser más preciso, en versos, que es la forma en que la palabra escrita o escritura alcanza su más alta posibilidad:
“…En el resquicio de mi ventana canta un ave/ las ardillas corretean entre las ramas,/ la luz recorta la humedad que florece en nosotros, / sólo me llora un ojo/ constante callado fresco/ Él sabe qué dolor gorrión adentro.”
Los versos de América son francos, cargados de una vitalidad que solo da la conciencia plena al invocar y enfrentarse a un pasado vivo:
Se detuvo la luz que antaño/ corría por tus venas/ una sombra en tu camino,/ un accidente en la carretera de la vida/ como un relámpago dejó una mitad de tu cuerpo/ silenciosa, quieta como campo tras la niebla. /Tu mano, ahora pesada, / cuelga sobre mis ojos, / tu abrazo inmóvil, tu cuerpo postrado./ La risa de tus nietos en la cocina/ rompe el silencio de este rincón sagrado,/ donde vertías la vida, / en cada plato, / en cada gesto.
Es bastante complicado expresar en un espacio tan pequeño como una hoja o libro un instante o una vida, doblemente difícil si se emplea un lenguaje literario que no toca las partes más inmediatas de las emociones, pensamiento y sentimientos, de los hechos, sino que intenta penetrar en lo más humano de las personas.
Del hombre de las cavernas que participaba en la cacería de bestias, había uno, quizá el que estuvo ante el mayor peligro, que decidió recordar los momentos mágicos de aquella actividad indispensable para preservar su especie.
Ese individuo se puso a pintar esos momentos en su guarida, quizá no tanto para mostrarle a otros lo que su familia había hecho, sino porque no pudo con la necesidad de contar, de recordar, de no olvidar.
Esa necesidad ha continuados por toda esta línea del tiempo hasta nuestros días, y América Ayuso Arce ha participado en ello con Mirar con palabras.
Este volumen es el cuarto libro de Entrecruzamientos, una colección del Taller Maladrón, un proyecto editorial independiente en desarrollo, en el que se pueden encontrar Cálamos de luz, de Aragón Mafra; Pájaro de setecientas voces, de Alejandro Rodríguez; Muerte y las Vegas, de José Laris y El charco de Narciso, de David Makia.
