RIGO Y EL NIÑO

Rigo Tovar, foto de redes

Rigo Tovar, foto de redes

     Para Maxito, cuando sea grande

Por Máximo Cerdio

Durante varios días acumulé y descarté preguntas. Algunas me parecían esenciales: qué opinaba de la comparación con Jim Morrison; si era consciente del extraño don que tenía para atraer no solo a una o a dos personas, sino a multitudes; qué sentía cuando estaba frente a ese público, sentía terror; la fama lo había hecho renegar de lo que era; la música clásica era una verdadera influencia o solo bromeaba.

Llegué a su casa con muchas interrogantes, esperaba regresar con respuestas memorables, anécdotas, impresiones de sus gestos y detalles desconocidos por sus fans.

A pesar de los años, el dato de medio millón de personas en el lecho del Río Santa Catarina en el concierto del 21 de octubre de 1981, sin redes sociales, sin una estrategia de comunicación por alguna agencia connotada, seguía sonando.

Un hombre que podaba la jardinera me hizo pasar. Rigo me recibió con cortesía. Sólo me saludó, no me dio la mano. No llevaba los lentes oscuros que yo asociaba con las fotografías. Su cabello negro caía sobre sus hombros, llevaba camisa negra de manga larga, pantalones negros, botas negras. Sonreía, pero no parecía estar del todo en el mismo lugar que ocupábamos.

Mientras hablamos, su mirada se alejaba, como si se metiera en un paisaje situado detrás de las paredes.

Había un niño de seis o siete años, pelo negro, tez blanca, limpio, vestido con un short y una camisa color salmón, tenis blancos. Entraba y salía de la sala corriendo y haciendo ruidos con la boca. Se acercaba a Rigo, lo abrazaba, le daba besos en la mejilla y volvía a sus juegos.

El cantante, que hasta ese momento parecía abstraído en sus pensamientos, despertaba. Sonreía con una felicidad inmediata.

Le pregunté sobre la similitud que algunos críticos encontraban entre él y Jim Morrison. Se puso serio.

Durante un largo instante creí que estaba buscando las palabras exactas, después comprendí que no se había metido a buscar esos recuerdos, miraba hacia algún punto remoto, inaccesible para mí. Cuando finalmente habló, respondió algo distinto de lo que yo había preguntado.

Así transcurrió la conversación: yo ponía mis preguntas frente a él y me contestaba lo que quería. Mi entrevista se fue convirtiendo en una persecución. Cada respuesta abría un camino lateral y hasta opuesto.

A veces Rigo se limitaba a una afirmación o negación, otras veces evocaba un viaje al extranjero y decía que había sido hermoso, pero no añadía nada más. Sonreía como quien contempla un recuerdo limitado por las palabras, pocas veces me miraba directamente a los ojos.

Toda la entrevista estaba siendo un malentendido, en vez de encontrar verdades hallaba vacíos o datos que se podían encontrar en cualquier reseña o artículo.

El hombre que me había abierto la puerta aviso a Rigo que el niño tenía su clase de música y me pidió que los acompañara.

Cartel Rigo, foto de redes

Cartel Rigo, foto de redes

Subimos los tres a la parte trasera de una camioneta negra, muy amplia, el niño siempre abrazaba a Rigo, le daba besos y el cantante correspondía sonriendo y abrazando al pequeño.

Llegamos a la escuela y el chico bajó y fue recibido por una joven que lo introdujo a un edificio.

El ídolo y yo esperamos.

Aproveché para insistir en algunas preguntas. Fue inútil. Él respondía sobre otras cuestiones como la ropa que diseñaba y encargaba a sus sastres. Hablaba del color plateado, de los marcianos. No le interesaban mis temas ni mis interrogantes.

Cuando el niño regresó, subió al vehículo y abrazó al músico como si hubiera estado mucho tiempo lejos de él. El cantante correspondió, lo apretó y besó su frente. Vi entonces una alegría muy intensa que me contagió.

Regresamos a la casa.

Detrás de la sala había un jardín amplio. El niño corrió hacia un perro lanudo amarillo y comenzó a jugar. Rigo se acercó. El perro también buscó sus caricias. Durante algunos minutos observé aquella escena sencilla: un hombre, un niño y un animal compartiendo una felicidad inexplicable.

Me pareció extremadamente raro que, desde que entré a esa casa, no había percibido ni siquiera el olor de las plantas que cortaba el jardinero.

¿Quién era el chico?

Por un momento imaginé que tal vez aquel niño era Rigo. No el hijo de Rigo, ni un pariente, ni un protegido, era Rigo mismo, antes de que fuera famoso, antes de los escenarios, antes de los elogios, de las enfermedades.

Ese pequeño era el niño que alguna vez había sido él y que ahora, por alguna misteriosa alteración del tiempo y la realidad, había regresado para acompañarlo.

Mi hipótesis era absurda, pero más que pensarlo, lo vi y lo sentí.

Observé a los dos abrazarse y advertí un parecido, que no estaba en los rasgos sino en algo más profundo.

Entonces comprendí que la entrevista había terminado.

Las preguntas sobre Morrison, la fama, la música clásica o los viajes pertenecían a un orden menor. Había ido a buscar explicaciones y había encontrado un hecho imposible de entender o quizá muy claro: aquel hombre estaba en otra realidad.

Me despedí de Rigo. Él sonrió de lejos. El niño siguió jugando en el jardín.

Al salir de la casa concluí que las preguntas permanecerían para siempre sin respuesta.

No experimenté frustración, había presenciado algo más valioso que una confesión o una anécdota, había visto a un hombre que, en los últimos días de su vida, parecía haber reducido el universo a una sola certeza: el amor que lo unía a otro ser, y si mi sospecha era cierta, el amor de un hombre por una etapa que fue la más feliz de su existencia.