Recuerdos del General Zapata

Zapata a caballo
Máximo Cerdio
La noche se esparce como un olor negro sobre los campos de Morelos. Son las diez, el mismo instante desde que la luz del sol fue bloqueada la primera vez y brotó la primera semilla del tiempo.
La luna embarazada se desvela cantando a las flores del sorgo y a la caña.
El guanacaxtle contesta en un idioma dulce sus mitos y leyendas. Sus ramas guardan la sombra donde los campesinos suelen refrescarse mientras se alimentan después de una brutal jornada.
Bajo su protección hay dos sillas de madera. La luz les saca el brillo que aún conservan.
Desde un quinqué famélico, suena por la radio un cuatro y la voz aguda de un hombre: es Marciano Silva, que llega como si viniera huyendo de un tiempo nómada de violencia.
“Soy zapatista del Estado de Morelos…”
Bajo el árbol, una mujer se acerca. Viene despacio, con el peso de los años en las caderas y en los hombros. Lleva la memoria enredada en el cabello cano que recoge descuidado. Se sienta, sabe con certeza que alguien llegará.
Por el camino se parte la tierra en dos, veladoras encendidas titilan como almas vivas. La luz se tuerce con el viento, pero no se apaga.
Desde la oscuridad más densa, aparece un ruido: el paso lento del caballo, como un monstruo que se desplaza. Luego la sombra. Enseguida la figura entera: jinete y bestia, negros los dos, todavía con retazos de la umbría que acaban de romper.
El traje del hombre es fusilado por la luz, la plata en las grecas del sombrero, en la empuñadura del revólver, que en bocado brilla como un filo de machete.
Avanza como si el instante ni siquiera lo rosara.
El caballo se detiene. El hombre desmonta. No hace ruido al descender. Amarra la bestia con movimiento mecánico. Luego camina hacia la mujer.
Cuando se miran, el tiempo se vuelve un remolino y se levanta ecuestre hacia lo alto de las ramas.
Él inclina la cabeza. Ella se levanta. No se preguntan nombres. Se sientan.
El corrido sigue, ahora más hondo, como si Marciano adivinara que el Jefe anda muy cerca.
“Le voy a contar algo”, dice la mujer, y su voz suena como una voz de mil ancianas.
“Me lo contaba mi abuela…”
Y entonces una puerta del tiempo rechina en sus goznes:
Y habla de emboscadas que no cuajaron, de balas que no encontraron la sangre, de noches en las que el General escapaba entre sombras y lealtades.
Habla de su abuelo y de su abuela, de cómo siguieron a Emiliano por fe, nunca por miedo. Una fe emperrada, de esas que nacen en el hambre y se sostienen con dignidad.
Habla de la respiración y el sudor de los caballos, de fogatas apagadas a medias, de ojos vigilantes en la oscuridad. Habla de un hombre que no se dejaba agarrar porque no era un hombre solo, sino muchos; incluso en ocasiones lo vieron mutarse en animal y bajar por las peñas de las barrancas o volar en la noche picada de estrellas.
Mientras habla, la luna se quita unas nubes de la cara.
El charro permanece callado, como si estuviera viviendo todo lo que la mujer relata.
Y cuando termina, el silencio abre una grieta en el presente.
El hombre se pone de pie.
Se inclina, profundo, como un gesto de agradecimiento.
Ella responde igual.
Para los dos, esta es una manera de despedirse.
El hombre regresa a su caballo. Lo desata. Monta con gran facilidad, como un fantasma. Da media vuelta y toma el camino de las veladoras. Las luces pequeñas tiemblan a su paso.
La mujer lo mira desvanecerse y regresa por donde el jinete llegó.
Más allá, los cerros levantan su sombra.
Y entonces, como si nunca hubiera estado en ese sitio, el jinete se disuelve en la negrura.
El corrido es un viento que asciende y luego se adelgaza como una agonía:
“Sublime general patriota guerrillero…”
Y el guanacaxtle mueve su follaje como barriendo un recuerdo.
