Los relojeros, una rareza en los pueblos y ciudades

Avidan el maestro relojero

Avidan el maestro relojero

Por Máximo Cerdio

Jojutla, Morelos; 9 de marzo de 2026. En el tercer pasillo del mercado municipal Antonio Riva Palacio, en el centro de la cabecera municipal, hay un lugar pequeño donde se puede observar aparatos raros. También hay relojes de pared, despertadores desarmados y en la esquina, detrás de un mostrador un hombre revisando un minúsculo mecanismo.

Se llama Avidán Aparicio Avelar, y tiene poco más de dos años en este local, antes estuvo en otros lugares: su negocio se llama Relojería Aparicio.

Él es uno de los contados relojeros que quedan en este municipio.

Comenzó a aprender el oficio desde que tenía 16 años: siempre le llamó la atención el mecanismo de los relojes y en una ocasión, quien sería con el tiempo su cuñado, Eliseo Sequeira, que era relojero, le regaló un mecanismo de un despertador de cuerda y ahí comenzó a satisfacer su curiosidad por saber cómo funcionaba ese aparato que daba las horas.

No era un niño cualquiera, ponía mucha atención, observaba, media, repetía, armaba y desarmaba el mecanismo hasta que entendió ese rompecabezas.

En la secundaria decidió que sería relojero y fue a pedir trabajo con los maestros relojeros Daniel Sequeira y su cuñado Eliseo Sequeira, que le había regalado la maquinaria del despertador. Tenía 16 años.

Comenzó como todo aprendiz, barriendo el taller, limpiando los mostradores, ordenando la herramienta, conociéndola y observando.

Se sabía de memoria las piezas del reloj despertador y fue muy sencillo aprender el mecanismo de los relojes de cuerda, así que cuando le pasaron uno ya sabía más o menos cómo funciona y fue fácil.

Era el año 1976, con cuatro meses en el taller como aprendiz, una persona que tenía un negocio de venta de relojes en Zacatepec llegó al taller donde él trabajaba, en Tlaquiltenango, y le dijo a los maestros relojeros que necesitaba al alguien que le ayudara con la reparación de relojes: pagaba 100 pesos el día, en aquel tiempo en que un jornalero cobraba 40 pesos.

Después de que este hombre se retiró, Avidán se enteró donde tenía su negocio y fue a buscarlo.

Se entrevistó con él y le dijo que era aprendiz, pero que necesitaba trabajar y ganar dinero, que le permitiera probarse, ver si podía reparar los relojes y el hombre le dio esa oportunidad.

Le puso un cajón lleno de relojes y le dijo: “todo esto es trabajo. Aquí tienes chamba”. Allí había relojes de cuerda y automáticos, que eran un poco más complicado, pero no tardó en saber cómo funcionaban y pudo repararlos.

De aprendiz, pasó a técnico, sin haber estudiado en una escuela formal, sólo viendo y practicando, mientras más complicado se presentaba un problema, él más atención y empeño ponía.

Ganar 100 pesos diarios para él, fue muy importante, porque en realidad sí necesitaba mucho ese dinero, así que comenzó a trabajar con esta persona y siguió aprendiendo.

Relató que desde que estuvo trabajando con el comerciante de relojes en Zacatepec, ya había de cuerda, automáticos, de cuarzo y luego, por ahí de 1977, comenzaron a llegar a Morelos los relojes digitales, de pila, que todo mundo comenzó a usar. Mucha gente aseguró que los de maquinaria acabarían y que sólo quedarían estos relojes que, cuando se acababa la pila, se cambiaba ésta y seguían funcionando o si se descomponían, la gente se compraba otro.

Un año después, comenzó a trabajar con el hermano de este hombre, su taller estaba en Jojutla y ahí duró un poco.

A los 18 años se independizó. Había adquirido experiencia, tenía herramientas y, además, trabajo que le mandaban sus patrones anteriores, por lo que instaló su taller en Tlaquiltenango, por el quiosco. Corría el año 1978.

Avidán siguió trabajando como relojero, de hecho, jamás ha dejado de ejercer ese oficio desde que comenzó en el taller de Tlaquiltenango, aunque ha cambiado de locales, incluso, durante mucho tiempo trabajó en su casa, en donde instaló su taller, ya que le ayudó por 10 años a su esposa en una cafetería.

Siempre había la advertencia de que el oficio de relojero se acabaría, y para algunos técnicos que no se actualizaron o que no pudieron sostenerse con el trabajo así fue, pero no para él, que conforme fue avanzando la tecnología fue aprendiendo y no se dejó vencer.

Siempre ha tenido clientes que le llevan relojes para mantenimiento, como el caso de una de profesión maestra, que tiene una gran cantidad de relojes que constantemente los lleva para mantenimiento. Ella le contó que jamás sale de su casa si un reloj, y tiene muchos porque los combina con la ropa que se pone. Para ella, un reloj es parte de su vestimenta y nunca olvida su reloj.

También relató que hay jóvenes que le llevan relojes de pulsera antiguos, de cuerda o automáticos, de cuarzo, porque son regalos de sus familiares y quien conservar ese obsequio, así que siempre tiene trabajo.

En la actualidad, el reloj de pulsera de maquinaria es un a joya, lo porta la gente que está acostumbrada a usarlo y hay unos muy caros y otros no tanto, pero antiguos y en muy buen estado.

Cuando tenía el negocio en Tlaquiltenango, el dueño del local le preguntó si reparaba cualquier reloj, y él respondió que sí, entonces el casero le llevó uno Omega para mantenimiento.

Él trabajaba en la Ciudad de México y siempre lo llevaba a una relojería llamada La Princesa, pero puso a prueba al joven relojero de provincia.

Le dejó el reloj ya los ocho días se lo entregó, le cobró 200 pesos, porque era un reloj fino, había que tratarlo con un poco más de delicadeza, aceitarlo, etcétera, normalmente cobrara 100 por esos trabajos.

A los quince días, lo fue a ver para decirme que le había gustado mucho su trabajo. También le comentó que en La Princesa le cobraban 600 pesos por el mantenimiento.

Avidán contó que tiene dos hijos, pero a ninguno le interesó el oficio, eligieron otros. También dijo que tuvo un ayudante.

Una persona le pidió que le ensañara a su chavo, estaba en la secundaria, ya no quería estudiar y necesitaba aprender algo.

El muchacho llegó, tenía 14 años, pero se dormía.

Después de tres meses, el maestro relojero le dijo al papá que no, que al chico no le gustaba el oficio.

Según Avidán, para ser relojero se necesita paciencia, y desde luego interés en aprender. Él recordaba que tenía mucha curiosidad por saber cómo funcionaba un reloj, buscó la maquinaria, la observó, la estudió, la desarmó. Todo sin que alguien le dijera qué debería hacer, y así es generalmente con los oficios, si algo te gusta a la gente muestra interés propio, se afana, se dedica a eso y resulta relativamente fácil aprender cuando se desea, cuando se quiere.

Entre sus pertenecías está una clavadora, que sirve para cambiar los ejes del volante. En los relojes de cuerda sucedía mucho que cuando se golpeaba se decía que despivotaba, pero no estaba despivotado, se trabajaba con los pinzones y se hacía el cambio del eje.

También desempolvó una máquina grande, que servía para lavar el mecanismo del reloj y limpiarlo para darle mantenimiento.

En Jojutla, en la actualidad, hay dos maestros relojeros, aparte de Avidán: Víctor, el de El Cronómetro y Eliseo, que trabaja en el mercado.

Son los únicos que siguen activos como relojeros, con su taller y que son técnicos y pueden arreglar cualquier tipo de reloj que les lleven.

Breve historia de la relojería

La relojería moderna se desarrolló en Europa entre los siglos XVI y XVII, cuando la invención del resorte espiral permitió miniaturizar los mecanismos y fabricar relojes portátiles. Los relojes de bolsillo se convirtieron en símbolos de estatus entre aristócratas y comerciantes.

Durante el siglo XIX, la industrialización perfeccionó la producción, y ya en el siglo XX el reloj de pulsera se masificó, especialmente tras la Primera Guerra Mundial. Soldados necesitaban consultar la hora sin sacar un reloj del chaleco; el pulso fue el lugar ideal.

Así, se presentó el auge de la relojería mecánica tradicional: desde movimientos de cuerda manual hasta los automáticos y cronógrafos de alta precisión. Las grandes manufacturas suizas dominaban el mercado, y los relojeros eran un gremio respetado por su saber técnico.

Sin embargo, en las décadas de 1970 y 1980 se produjo lo que la industria denomina la “Crisis del Cuarzo”, una revolución tecnológica que cambió para siempre la relojería global.

La introducción de los relojes de cuarzo —mucho más precisos y baratos de producir— provocó un desplazamiento radical del mercado. Este tipo de relojes, inicialmente impulsado por innovaciones japonesas como la de Seiko en 1969, pronto fue adoptado por múltiples fabricantes, entre ellos Casio.

Mientras los relojes mecánicos requerían mano de obra especializada —y relojeros especializados—, los de cuarzo y digitales eran más económicos y más fáciles de fabricar en masa, con menos necesidad de reparación compleja.

El resultado fue devastador para la industria tradicional: compañías y talleres cerraron, la manufactura mecánica se redujo drásticamente, y muchos relojeros quedaron sin nicho laboral.

El impacto de los relojes electrónicos no se limitó al producto; transformó el uso social del reloj. La irrupción de Casio llevó funciones nuevas —cronómetro, calendario, alarmas y diseños digitales accesibles— al público general.

Marcas como Casio no solo popularizaron relojes de cuarzo, sino que democratizaron el acceso a dispositivos robustos y baratos. Esto implicó que muchas personas optaran por modelos de bajo costo que no se reparan, sino que se reemplazan al fallar, reduciendo la necesidad de relojeros.

La llegada de los smartphones y, más recientemente, los smartwatches, ha acelerado esa tendencia.

Hoy mucha gente ve la hora en su celular y no siente necesidad de llevar un reloj de pulsera tradicional. Esto afecta no solo al mercado de reparación, sino también al gremio de artesanos que mantenían relojes mecánicos vivos generaciones tras generaciones.