Hubo colgado en Xoxocotla

Niños en la Puchina
Por Máximo Cerdio
Xoxocotla, Morelos; 24 de febrero de 2026. Bajo el sol y con una temperatura infernal el Verdugo vestido de diablo columbró a un grupito de hombres que se encontraba a mitad de la calle, en una especie de ínsula, debajo de un árbol de alcohol, rodando como frutos maduros. Corrió hacia ellos, seguido por sus huestes: un diablillo con un traje muy parecido al suyo, un jovencito y tres adultos gritones.
El Verdugo se paró frente a ellos y gritó: “¡Huevos, madre!” y los hombres en descenso se alborotaron y dirigieron su mirada al de la voz, que llevaba en la mano una botella medio llena de licor.
Lo conocían, era José Luis Leal Bruno, quien lleva 25 años representando a este personaje en lo que el pueblo indígena de Xoxocotla se conoce como La Puchina.
El Diablo extendió el pomo a uno de los bebedores y le hizo la invitación que venía haciendo por todo el pueblo, para que ese día y el siguiente, no fueran a faltar a las 3 de la tarde en la iglesia, para el Colgado:
-¡Lanepiloloz in Xoxogola! -le dijo, o sea habrá colgado en Xoxocotla, en náhuatl. Enseguida, él y su séquito salieron corriendo rumbo a otras casas en donde ya los esperaban algunas mujeres para entregarles dinero, refresco, botana o alcohol.
Los mototaxis pasaban zumbando como abejas a lado del personaje, algunos se detenían y pedían una selfie con él, y éste aceptaba con gusto, luego se alejaban gritando, “Huevos, madre”.

El Verdugo y sus huestes
En algunas casas ya esteraban al Verdugo con una caguama más fría que el culo de un pingüino en el Polo Norte y ahí mismo él y uno o dos de sus ayudantes le daban fuego: “No nos gusta mucho la cerveza, porque empanza y no deja correr”, había dicho uno de los pupilos del Chamuco.
En Xoxocotla aún quedan tecorrales en las periferias de la ciudad. El sábado 14 de ese mes, Epifanio Bastidas Catalán, organizador de varias ediciones de la conmemoración y oriundo de Xoxocotla, explicó que la expresión “Huevos, madre”, se origina hace mucho tiempo, cuando el Verdugo y su séquito o el Mopilo y su séquito pedían cooperación a las mujeres y solicitaban huevos de gallina y ellas les daban huevos como una ayuda.
“Muchas veces sólo brincaban el tecorral y se metían y se llevaban las gallinas o los huevos y salían corriendo. ‘Huevos, madre’, también significa que ellos andan en la calle, en el sol, invitando y lo hacen con coraje, con huevos”, dijo.
Cuadras más adelante el Verdugo y sus “hijos”, como le decía él cuando se acercaba a las ventanas de las puertas a pedir cooperación para el carnaval, se reunieron con el Mopilo, el Padrecito, el Abanderado y el del Tambor.
El Mopilo (el ahorcado) recorría las calles del pueblo en un burro, vestido con una sábana blanca que significa pureza; junto con los demás personajes y algunos ayudantes, invitaban al pueblo a que acudiera a las tres de la tarde al zócalo al “Ahorcado”, pidiendo cooperación, “con lo que sea su voluntad”, para sufragar los gastos del evento.
Durante el trayecto, el séquito del Mopilo gritaba: “¡Ashan que mamelahua!” (aquí, ahora, en este momento).
Los pobladores dicen una frase para indicar que va a dar inicio esta conmemoración: “Lanepiloloz in Xoxogola”, que significa: “Habrá colgado en Xoxocotla”.

Banda
Según Enrique Ochoa Antonio o Babidy, el Verdugo y el Mopilo salen a las calles del pueblo a invitar, pero también a chimar (raspar, molestar), y utilizan bromas con las personas que están en la banqueta o dentro de sus casas, cuando piden ayuda para apoyar sus gastos: por ejemplo, les dicen que, si no les dan alguna fruta o refresco, se van a llevar a su hermana, y esto lo hacen porque hay confianza y porque ya se conocen, para que no resulte una ofensa.
Sobre todo, después que los chamacos salieron de la escuela, es decir, como a las 2 de la tarde, en las esquinas la gente sabe ya que el Verdugo anda siguiendo al Mopilo. Muchos llevan sus respectivas botellas con pintura y desde esa hora comienzan a arrojarse agua o a pintarse la cara entre ellos, en una lucha amistosa en donde, al menor descuido, uno de estos chamacos le puede meter el brazo en la garganta y embarrarle hasta la úvula.
Poco antes de las dos de la tarde, todos los personajes se reúnen en una esquina del pueblo y se enfilan caminando al zócalo, en donde se preparan para la etapa final: dar una vuelta a la manzana y colgar al Mopilo.
Ahí tomaron un descanso José Luis Leal Bruno, el Verdugo y su ayudante, Jonathan Elrique Leal; Lázaro Leal Bruno, el Mopilo, el Padrecito Adrián Leal Lazcano, el del Tambor, Losé Luis Antonio Abelino, y el Abanderado Héctor Leal Sopeña, además de un grupo de ayudantes.

Mopilo y compañía
Los jóvenes y los adultos se sentaron en las jardineras. Iban hasta las orejas de pintura y alcohol, muy cansados, pero todavía faltaba lo mejor.
A los niños les gusta el Diablo y el burro. El demonio se fue tomando fotos con los chamacos pintados hasta las pestañas.
“Yo soy el responsable de los chamacos que se integran a la procesión y es necesario dar buene ejemplo y explicarles en que consiste esto, para que las generaciones futuras continúen con la tradición”, había dicho en entrevista el Verdugo.
El burro, del que nadie supo el verdadero nombre y al que irresponsablemente le pusieron “Rufina”, iba teñido en tinta, de un color que nadie podía describir: había bebido agua, cerveza, había comido maíz, alfalfa, chicharrón y le había arrebatado a un beodo un pedazo de pan regalado; también se pegó un hornazo que un mariguano le arrojó cuando le quemaba las pestañas a Satanás en las jardineras del zócalo.
Epifanio Bastidas Catalán platicó que, durante más de cuarenta años, la Puchina se dejó de realizar porque no había interés de las autoridades ni del pueblo en darle continuidad a una tradición de más de 100 años:
“Desde 1992, con el amigo Fortino Rojas, El Tepoz, Inocente Ríos, y Epifanio Bastidas, fuimos los organizadores y rescatamos la tradición después de tres años de investigación y pláticas con los señores mayores del pueblo, y los personajes fueron Juan Santos Bastidas (RIP), como El Verdugo, Antonio Alberto (RIP) y Raymundo Saldívar”.
Vamos a elaborar un libreto para que las generaciones futuras realicen esta conmemoración de acuerdo con la tradición, que hasta la fecha ha sido transmitida de manera oral. El objetivo el que la tradición continue con los jóvenes y niños y que éstos, a su vez, la pasen a la siguiente, reveló.
Según Bastidas Catalán, en ese libreto se especificarán los días y las horas, los lugares, la trayectoria o el circuito, las acciones, los diálogos que originalmente eran en náhuatl, los personajes y el papel que representan.
La figura central en la Puchina es el niño Dios: el rey Herodes, que vivía en un palacio en Judea, lo manda buscar con sus soldados (cuarieros) en los alrededores de Belen, porque a sus oídos llegó la noticia que había nacido el verdadero «rey de los judíos» y Herodes cree que él es único Dios. Entonces pide a sus soldados que vayan, busquen y marquen al niño Dios.
Los soldados lo buscan y lo encuentran, y marcan al niño Dios con pintura, y cuando todos los niños son llevados ante la presencia de Herodes, para que él señale al que los soldados habían pintado, todos los niños se habían marcado o pintado y no hubo manera de identificarlo.
La Puchina, en Xoxocotla, se realiza dos días antes del miércoles de ceniza y recuerda el amor y la solidaridad de los niños que se pintaron para esconder y defender al niño Dios.
De acuerdo con Epifanio Bastidas, los personajes de la Puchina son: “El Mopilo” o el Bueno, o el Puro, que es el que conoce dónde está el niño Dios y es buscado y encontrado por los soldados de Herodes.
El Verdugo o el malo, es quien persigue y castiga al Mopilo para que diga el paradero del Niño, y como no lo revela, lo tortura y luego lo ahorca. El Verdugo se caracteriza como el Diablo, que es lo más cercano a la maldad, según el pueblo.
Los Soldados de Herodes buscan al Niño y lo encuentran y lo marcan.
El cura o padrecito, va regando agua bendita.
Hay también una persona que va tocando un tambor y un abanderado.
Los habitantes celebran que Herodes no pudo acabar con el niño Dios y que ellos lo escondieron de sus soldados, de ahí que todo es fiesta y nadie se tiene porque enojar cuando los tiñen con pintura y les hacen bromas.
Bastidas Catalán recordó que el Verdugo busca al Mopilo por las calles del pueblo, hasta que lo encuentra, lo tortura y lo ahorca, de ahí que a esta tradición también se le llame “El Ahorcado” o la “Puchina”, porque el pueblo baña con tinta a los personajes y también los pobladores se bañan de pintura entre sí.

Baño de tinta
Poco antes de las 2 de la tarde de ese lunes 16 de febrero de 2026, los personajes y sus huestes comenzaron a dar vueltas al quiosco del zócalo y salieron por la calle Constituyentes, rumbo a la Miguel Hidalgo, ahí doblaron a la izquierda: niños y adultos seguían a los protagonistas, les echaban agua con tinta y les embarraban en el rostro una pasta de pintura. La banda de viento resonaba en la calle, también los músicos habían pasado por las armas y caminaban humedecidos como pulpos después de un tirazo.
Dieron vuelta a la izquierda por la calle Emiliano Zapata y allí, desde las azoteas y por los callejones, niños y adultos salieron a mojar al contingente, en medio iban los protagonistas, que recibían más baños de color, el Mopilo era una cosa sin forma entre la multitud, ni siquiera el burro tenía, a estas horas, un solo pliegue profundo totalmente seco.
La masa de tinta dio vuelta en la calle 5 de Mayo y tomó por Constituyentes de nuevo, para entrar a la 20 de Noviembre hasta el pie del entarimado, en cuya escalera subieron, uno por uno, el Padrecito, el Mopilo y el Diablo con su Diablito.
Siete metros abajo, cientos de personas esperaban el descenso del bien y del mal y arrojándose agua con botellas de pet.
En el techo de la iglesia, varios policías entintados se apostaron, como zopilotes vigilando que los enfrentamientos no pasaran a los golpes.

Verdugo tortura a Mopilo
La expectación creció. En las alturas, el Mopilo se sentó en una tabla previamente asegurada con una soga y dos ayudantes lo fueron bajando a nivel del último escalón del andamio. Ahí, el Verdugo se agarró de la soga y comenzó a golpear al Mopilo, después se agarró de la soga y entre patadas, los fueron bajando hasta quedar en el suelo, en donde los estaban esperando cientos de pobladores que los recibieron echándoles tinta líquida y espuma.
Los paramédicos y bomberos le arrebataron a la multitud al Mopilo y al Verdugo y los llevaron al patio de la parroquia donde recibieron atención.
En la calle, la batalla de agua y tinta continuaba.
Esta representación se repetiría el martes 17 de febrero, con la bendición del presbítero Robert Marwein, de la parroquia San José Obrero, a las 8:30 de la mañana y el desayuno de campeones consistente en unas dobladas, refrescos, cerveza y licor de agave Rancho Escondido; y de nuevo se ocuparían 12 mil litros de agua y 500 kilos de pintura en polvo para la conmemoración.

Puchina
Al día siguiente, el muchachitero de sexto y de secundaria llegaría a la escuela con las huellas de las batallas en las caras y en las manos:
“No tenemos problemas, les damos permiso, lo que nos preocupa es que muchos vienen bien crudos y oliendo a alcohol”, diría una maestra de una secundaria del lugar.
Babidy recordó que es importante explicar la tradición a los niños, para que no lo vean como una forma de enfrentamiento y para que no beban, como lo hacen los mayores, en estas fechas:
Nos gustaría lograr que a quien le preguntaran en el pueblo qué es la Puchina pudiera dar a conocer el verdadero significado de esta conmemoración”, puntualizó el muralista urbano.
