EL REGALO

Por Máximo Cerdio
La chica entró al negocio en cuanto vio que el encargado empezó a limpiar la barra. Pelo negro al hombro, lentes oscuros, blusa de manga larga, pantalón holgado, no más de 25 años. Llevaba una mochila pequeña en la espalda. Había estado esperando cerca de media hora a que abrieran.
El barman era un hombre de estatura mediana, robusto, pelo negro y barba abundante y larga, con anteojos oscuros.
Abrió temprano el negocio, porque le habían entregado un pulque de Hidalgo y platicaba con el vendedor.
-Quiero una botella de mezcal.
-¿De cuál quieres?
-No sé. ¿De cuál tienes?
El barman le bajó una botella de una repisa donde había cuatro o cinco similares.
-Tengo este que es de Guerrero. Míralo bien. Prueba para que sientas su sabor, lo fuerte, lo suave.
Enseguida le puso un caballito a la chica y le sirvió.
La muchacha escuchaba y observaba con mucha atención. Cogió el vasito y se lo tomó con calma.
Viendo que se había interesado en la bebida, el barman bajó las demás botellas y llenó de nuevo el recipiente con el contenido de otro mezcal.
-Es de Oaxaca, es distinto al que acabas de probar, no sé si conoces de mezcales. Prueba.
La clienta se tomó la bebida como queriendo recordar las características del líquido anterior con éste, que le llenaba la boca y el olfato.
Inmediatamente después que la chica dejó el caballito en la mesa, el barman le llenó otro.
-Este es de acá, de Morelos, es probable que lo sientas un poco más fuerte. Tómatelo.
La chica obedeció, se lo acabó todo y dejó caer el culo del caballito en la barra.
Este gesto le dio pie al cantinero para que le volviera llenar el vasito y le ordenara a la joven que probara de nuevo el de Guerrero.
-Vas a recordar luego luego de dónde es. Dale.
Mientras esperaba la reacción de su clienta, el barman acomodaba vasos, limpiaba utensilios, revisaba la hielera.
La chica se volvió a tomar la copita de un jalón, como los vaqueros sucios de las películas del viejo Oeste y sembró el vaso en la barra.
El barman hubiera servido el mezcal de Oaxaca en el aire, podía hacerlo, lo sabía, pero hubiera atemorizado a la muchacha y a dos personas que habían entrado a la pulquería y no perdían detalle de su técnica.
-Este es el más suave. Prueba y recuerda -ordenó a la joven.
Afuera del negocio, los autos comenzaban a pasar con más frecuencia y los transeúntes saludaban desde la calle al barman que regresaba el saludo.
Él desconocía que la muchacha estaba en ayunas, sabía que no estaba acostumbrada a beber, más tarde deduciría o mejor, adivinaría, que la botella era para un regalo.
Cuando el cantinero vio cómo le brincaba el cogote a la chica, supo que el veneno ya le había llegado al bulbo raquídeo y que no era muda ni mucho menos, sino que el mezcal ya le había torcido la lengua y le había hecho “ñudo” el entendimiento.
Apenas bajó el caballito, la chica no sabía ni a qué había llegado a ese lugar de donde no se podía mover y donde un barbón con cuernos y una cola roja con punta de flecha india le sonreía.
Conociendo el estado de embriaguez de su clienta, que le impedía hablar y decidir, el barman le dio una botella de mezcal papalometl, de Guerrero, le abrió su cartera y tomó el costo de la bebida, cerró el monedero, le metió la botella en la mochila y le dio la mano.
La chica salió de la pulquería hacia la calle, iba medio de lado. El barman ya no alcanzó a ver los efectos desbastadores del mentado “aire”, una especie de masguatazo en los sentidos que padecen los que salen del lugar donde estuvieron bebiendo, cuando no están acostumbrados a esos gustos y se atreven a rascarle los tanates al tecuán.
