No se olvida el 2 de octubre

Foto de aspecto 2 de octubre

Foto de aspecto 2 de octubre

Por Máximo Cerdio

México. El actor y comediante Mario Rodríguez Bezares o Mayito, entonces un niño de nueve años, solía jugar futbol con sus amigos en una de las explanadas de Tlatelolco, su familia vivía en uno de los departamentos de ese conjunto habitacional. El 2 de octubre de 1968, él y sus vecinos se encontraban echando una cascarita, cuando de pronto el ruido los descolocó: pasos apresurados, gritos, órdenes cortadas, armas largas en mano.

Elementos del Ejército Mexicano atravesaron la plaza corriendo. El partido se suspendió de inmediato. Mario —a quien la televisión haría famoso décadas después como Mayito— subió con sus hermanos al departamento familiar. Apenas alcanzaron a explicar a sus padres lo que habían visto cuando los gritos, los llantos, las ráfagas la violencia irrumpieron en el edificio.

Mayito y su familia se asomaron por la puerta. Afuera, una multitud de estudiantes corría desesperada hacia una avenida lateral. Detrás, los militares los perseguían. Lo que los jóvenes ignoraban era que al frente los esperaban las tanquetas. Cuando lo advirtieron, intentaron retroceder, pero los golpes, culatazos y disparos los acorralaron.

El padre de Mario ordenó a todos tirarse al suelo. Una bala rompió la ventana y se incrustó en el techo. Adentro, el silencio de la familia contrastaba con los gritos de los muchachos y las órdenes de los soldados en el exterior.

La escena se prolongó desde las seis de la tarde hasta casi las once de la noche. Después, nadie quiso salir. El miedo se había instalado en cada rincón.

La mañana siguiente, Mario y sus hermanos salieron por leche y pan. El camino les reveló la magnitud de la tragedia: la tienda estaba abierta y saqueada; la explanada, cubierta de mochilas, cuadernos, credenciales, zapatos de hombres y mujeres, y charcos de sangre. El terror los hizo correr de regreso a casa.

Ese día, según los cálculos más confiables, más de 300 jóvenes fueron asesinados o desaparecidos por el Ejército Mexicano en la Plaza de las Tres Culturas.

El cine en la memoria

Veintiún años después, en 1989, el cineasta Jorge Fons llevó al cine lo que el poder político aún quería ocultar. Con un presupuesto mínimo y en condiciones clandestinas, “Rojo amanecer” se filmó gracias al empeño del actor y productor Héctor Bonilla, quien invirtió sus propios ahorros para evitar la intervención de los productores tradicionales, alineados con el gobierno.

La historia, escrita por Guadalupe Ortega y Xavier Robles, bajo el título original “Bengalas en el cielo”, retomaba testimonios de familias y sobrevivientes. A sugerencia del actor Valentín Trujillo, que además aportó dinero, la cinta adoptó el título definitivo: Rojo amanecer.

El 30 de mayo de 1989 comenzaron las grabaciones en un foro improvisado cerca del Estadio Azteca, con apenas 26 mil pesos. Al terminar el rodaje, Bonilla guardó los rollos en la cajuela de su auto y los llevó en secreto a los Estudios Churubusco, donde fueron revelados y editados casi en la clandestinidad.

Ya concluida, la película permaneció “enlatada” durante seis meses en Radio, Televisión y Cinematografía. El Estado Mayor Presidencial se oponía a su exhibición porque mostraba al Ejército como protagonista de la masacre.

Finalmente, el presidente Carlos Salinas de Gortari autorizó su proyección, con la condición de eliminar tres escenas en las que se mencionaba de forma explícita la participación de los soldados.

El 17 de octubre de 1990, Rojo amanecer se estrenó en una función especial en la Cineteca Nacional. El público respondió con entusiasmo: permaneció seis semanas en cartelera, recaudó 726 millones de pesos de la época y convocó a más de 370 mil asistentes.

La cinta obtuvo 11 premios Ariel y cuatro Diosas de Plata, consolidándose como la primera película en narrar abiertamente los hechos de Tlatelolco.

Años más tarde, el empresario Carlos Slim solicitó la copia original para preservarla. Héctor Bonilla reconoció entonces que aquella obra fue una de las experiencias más satisfactorias de su vida.

El testimonio infantil de Mayito y la mirada cinematográfica de “Rojo amanecer” se cruzan en la memoria colectiva. Ambos recuerdan que el 2 de octubre de 1968 no se olvida.