La medida efectiva

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Máximo Cerdio

El cirujano terminó la última operación a las 15:37 horas. El programador, el anestesiólogo, el instrumentista y las enfermeras se encargarían de dejar el quirófano listo para las demás operaciones en turno, él había realizado las suyas: cinco cirugías en poco menos de tres horas.

La ciencia había avanzado tanto, que solo se requería la mano del especialista para cortar y cauterizar esa parte escondida del cerebro, desde luego, el ser humano, no el robot o el programa, podría tomar decisiones si se presentaba algún imprevisto.

Años antes y luego de un debate que se convirtió en pleito y escaló todas las clases sociales y edades, la ciudad autorizó el último recurso que quedaba para que los legisladores locales dejaran de robar y cometer toda clase de crímenes en contra del pueblo desde los escaños.

Se reformaron las leyes y reglamentos, pero eso no bastaba, seguían robando, cobrando nombramientos, poniendo a su gente en los puestos del gobierno, cobrando por autorizar pensiones, en fin, todo lo que una persona puede robar a sabiendas que ninguna ley humana se lo puede impedir y sancionar.

Cuando se aprobó que los diputados electos no cobrarán salario llamados “dietas”, los legisladores se coludieron con sus amigos delincuentes y exigieron a los pobladores de aquella ciudad derecho de piso a punta de pistola. Ganaban 10 veces más que cuando recibían dinero de la hacienda, y el pueblo pagaba 20 veces más porque los delincuentes también cobraban por los servicios profesionales que prestaban a los diputados.

La medida de cortarles las manos si cometían algún delito no funcionó. Se mandaban hacer manos biomecánicas que no le pedían nada a las reales.

Lo único que había funcionado desde hacía varias legislaturas fue extirparle del cerebro una especie de glándula, donde se centraba el desmedido deseo de robar, de acumular, de poseer, de hacerle daño a los demás, de insensibilidad por los recursos que debían destinarse a los pobres y que terminaban en propiedades lujosas de los legisladores. En ese nódulo también estaba el cinismo, la avaricia, el despotismo, la falta de ética.

Ser una buena diputada o diputado en aquellos años era un gran honor, que los que habían pasado por el Congreso colgaban en la sala de sus casas y en sus perfiles en las redes sociales.

Muchos, con manos biorrobóticas intentaron ser parte de varias legislaturas, pero estaba fichados y en ellos era imposible hacer la pequeña intervención quirúrgica a la que de manera obligatoria todos debían someterse.

Aparte, me tenían pavor a una ultima medida de seguridad para los noveles legisladores: les implantaban una minúscula cápsula en la sínfisis del pubis. La explosión destrozaba todos los órganos internos. Nadie conocía los efectos más que en los programas de simulación.

La medida había sido tan efectiva, que se estaba cabildeando la posibilidad que todas estas medidas se aplicaran al poder Ejecutivo y al Judicial.